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En 1808 Zaragoza era una ciudad cuyas únicas murallas eran los pechos de sus ciudadanos. En un clamor de independencia habría de enfrentarse con el ejército profesional más poderoso del mundo, en una épica gesta sólo comparable con las de la Antigüedad Clásica como Sagunto o Numancia: ‘…Ciudad de héroes a su pesar y cuya caída, efectivamente, estremeció a España, aunque no de la forma que esperaba Napoleón. Las noticias de la caída de Zaragoza y la resistencia empleada, se extenderán por toda España, por Europa y América. Desde entonces Zaragoza se empezará a usar como sinónimo de libertad, de defensa de lo propio sobre lo impuesto. El mito triunfa sobre la tragedia’.